Antes de cumplir doce años, Weimar Jaramillo tomó una decisión que no parecía sencilla. En la esquina de siempre, donde durante más de una década los habitantes de Villanueva aprendieron a ubicar El Punto del Borojó, comenzó a aparecer otro nombre. La ubicación seguía siendo la misma, los jugos continuaban preparándose frente a los clientes y el negocio conservaba a sus propietarios. Lo que había cambiado era la manera de entender lo que habían construido. Ahora quería llamarse BoroKing.

Durante once años, el reconocimiento llegó de manera natural. Sin embargo, el año pasado, mientras participaba en un proceso de formación empresarial liderado por el mentor Tito Gálvez, Weimar comenzó a cuestionar aspectos que nunca había considerado. Allí escuchó por primera vez que su negocio podía convertirse en algo más que un punto de venta y que, para lograrlo, debía empezar a pensar en términos de marca.

Weimar Jaramillo en BoroKing

La idea no fue fácil de aceptar. Cambiar un nombre construido durante más de una década significaba arriesgar parte del reconocimiento ganado entre clientes habituales. El propio Weimar reconoce que le costó desprenderse de una identidad que había acompañado el crecimiento del negocio desde sus inicios. Sin embargo, entendió que si quería proyectarse hacia otros escenarios debía asumir el cambio antes de que la costumbre terminara convirtiéndose en un límite.

La transformación comenzó a materializarse este año. Primero llegaron los anuncios en redes sociales anunciando que algo nuevo estaba por venir. Después aparecieron los uniformes personalizados, las gorras, los delantales y los vasos sellados con la nueva imagen. Poco a poco, BoroKing empezó a ocupar el lugar que durante años tuvo El Punto del Borojó. El objetivo no era cambiar el producto, sino la percepción que las personas tenían del negocio.

Según cuenta Weimar, los resultados comenzaron a verse rápidamente. Nuevos clientes llegaron atraídos por una presentación diferente y por una imagen que transmitía mayor organización. El cambio también le permitió acercarse a sectores de público que antes no se detenían en el lugar. Mientras algunos preguntaban si el negocio había sido vendido o había cambiado de propietarios, otros descubrían por primera vez un producto que durante años había permanecido frente a ellos en la misma esquina.

Borojo con miel – Producto clásico de BoroKing

Las redes sociales se convirtieron en otra herramienta para impulsar esa transición. Lo que comenzó como una prueba terminó transformándose en una estrategia constante a través de transmisiones en vivo en TikTok. Los videos muestran la preparación de los productos, la interacción con los clientes y el movimiento cotidiano del negocio. Para Weimar, esas transmisiones no solo ayudan a vender, sino que permiten generar confianza y acercar la marca a públicos que quizá nunca habían prestado atención a un puesto de jugos en Villanueva.

La transformación todavía está en marcha. Entre los planes de Weimar aparecen la apertura de un local físico, la formalización del negocio, el registro de la marca y la posibilidad de replicar el modelo en otras ciudades. El lugar sigue siendo el mismo y los clientes continúan llegando al punto de siempre, pero mientras sirve un nuevo vaso de borojó, Weimar piensa en el camino que podría recorrer BoroKing más allá de Villanueva.

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