La familia Cañas lleva veinte meses viviendo una situación que para muchos resulta difícil de imaginar. No saber cuándo volverán a abrazar a Carlos Alberto. Tampoco saben cuándo podrán volver a escuchar su voz. En todo este tiempo, el teléfono solo ha sonado cinco veces desde Venezuela. Cinco llamadas para intentar resumir casi dos años de incertidumbre. Cinco oportunidades para confirmar que sigue con vida.
Carlos Alberto fue capturado el 30 de septiembre de 2024 cuando ingresó al estado Apure por motivos de trabajo. Según cuenta su hermano Jorge, durante años cruzó la frontera como comerciante y ganadero sin registrar inconvenientes. Aquella vez desapareció. La familia tardó cerca de cinco meses en conocer oficialmente el lugar donde estaba recluido y, desde entonces, sostiene que nunca ha existido un proceso judicial que les permita entender de qué se le acusa o cuándo podrá defenderse ante un juez.

La llamada más reciente llegó el 29 de junio, apenas unas horas después de que dos fuertes terremotos sacudieran el centro-norte venezolano. Mientras las noticias mostraban edificios afectados y calles agrietadas, la preocupación de la familia no estaba en las imágenes que aparecían en televisión, sino en un lugar del que casi nadie habla: la cárcel donde permanece retenido Carlos Alberto junto a otros colombianos.
Aunque la llamada fue una noticia reveladora sobre su estado de salud, no fue esperanzadora, les habló de un edificio viejo, de paredes que ahora también muestran grietas y de la sensación de riesgo que deja cada réplica. Desde el otro lado del teléfono pidió que alguien escuchara lo que, asegura, sigue ocurriendo con los colombianos que permanecen detenidos en Venezuela.
Desde Colombia, la familia ha aprendido a medir el tiempo de una forma distinta. No lo hacen por semanas ni por meses, sino por las escasas ocasiones en que consiguen escuchar su voz. Entre una llamada y otra han pasado marchas, reuniones con funcionarios, solicitudes ante la Cancillería, visitas al Congreso y promesas de gestiones diplomáticas que, hasta ahora, no han terminado con su regreso.

En aquella última conversación hubo un momento que todavía retumba en la memoria de Jorge. Antes de despedirse, Carlos pidió que grabaran lo que iba a decir. Quería que su voz llegara a los noticieros, a las iglesias, a los organismos internacionales y a cualquier autoridad que todavía pudiera intervenir. No habló únicamente por él. Habló por los demás colombianos que continúan retenidos junto a él, convencido de que el silencio termina convirtiéndose en otra forma de encierro.
La familia asegura que hoy siguen alrededor de veinte colombianos privados de la libertad en Venezuela bajo circunstancias similares. Algunos extranjeros han recuperado su libertad durante los últimos meses, pero Carlos Alberto continúa esperando. Ahora, además de la incertidumbre jurídica que ha acompañado estos veinte meses, se suma otra preocupación: permanecer dentro de una cárcel que, según el propio relato de quienes están allí, también sintió la fuerza de los terremotos.
Para los Cañas, cada día sin respuestas prolonga una espera que comenzó hace veinte meses. Y cada vez que el teléfono vuelve a sonar desde Venezuela, nadie sabe si al otro lado encontrarán una noticia esperanzadora, un nuevo pedido de ayuda o simplemente la confirmación de que Carlos Alberto sigue resistiendo mientras espera que suceda algo a su favor.

