Esta vez fue la naturaleza la que puso a prueba el temple del colombiano de a pie, con el gran terremoto de magnitud 7.4 ocurrido el 10 de agosto del 2026, y cuyo epicentro fue el municipio de San José del Palmar, Chocó. Solemos escuchar que una edificación es “antisísmica”, asumiendo que un terremoto no puede hacerle daño. Pero aquí quiero hacer la primera aclaración, en ingeniería hablamos realmente de diseño sismorresistente, no se trata de hacer construcciones invulnerables, sino de diseñarlas para que respondan adecuadamente ante un sismo y, sobre todo, protejan la vida de sus ocupantes, permitiéndoles evacuar. Todo esto se intenta lograr buscando que los daños en las estructuras sean en lugares específicos y reduciendo al máximo la posibilidad de colapso.

Una estructura puede sufrir daños y aun así haber cumplido su función. Una de las formas en las que me gusta expresarme —y en la que también aprendo— es mediante ejemplos, así que a mencionar uno sencillito, pensemos en un automóvil que se deforma durante un accidente para absorber parte del impacto y proteger a quienes viajan dentro. Que exista daño no significa necesariamente que el sistema haya fallado, siempre y cuando haya cumplido su objetivo principal, preservar la vida de sus ocupantes.
Desde mi experiencia como ingeniero civil, especialista en diseño Estructural y Patología de la Construcción, he aprendido que un buen diseño en el papel no garantiza por sí solo una construcción segura. El verdadero éxito del diseño estructural ocurre cuando se logra combinar correctamente el diseño, más la construcción, más la supervisión. Pero a título personal, agregaría ese otro elemento intangible llamado, ética profesional. De poco sirve definir materiales, dimensiones, acero y detalles si durante la obra estos se modifican por comodidad, ahorro o simplemente porque “siempre se ha hecho así”. Al final, el terremoto no enfrentará los planos: enfrentará lo que realmente quedó construido.

En esa cadena, reconozco que la experiencia práctica del personal de obra es fundamental. Sin embargo, voy a abrir una puerta sobre una frase popular, “llevo toda la vida construyendo así y las obras siguen en pie”. De manera respetuosa puntualizo que: una construcción lleve 20, 30 o 40 años sin caerse no demuestra que esté preparada para un sismo fuerte; puede significar que todavía no ha sido sometida a esa exigencia. Quien desee puede tomarse unos minuticos y consultar el catálogo de sismos del servicio geológico colombiano. Al revisar los registros disponibles desde 1993, nuestra Villanueva, afortunadamente, no aparece como epicentro de los eventos allí registrados; los movimientos que hemos sentido han provenido de sismos originados en otras zonas. Haberlos soportado no garantiza que una construcción responda igual ante un evento más exigente. La experiencia del personal de obra es valiosa, pero no reemplaza el diseño ni puede convertirse en la primera y última palabra sobre el comportamiento estructural de una edificación. Esto debe ser un acompañamiento entre todos los actores.
Por otro lado, el suelo es uno de los elementos más inciertos de una construcción porque puede cambiar considerablemente incluso entre puntos de la misma área. El acero y el concreto son materiales que fabricamos y podemos tener mayor control, en cambio, el terreno ya estaba allí y necesitamos estudiarlo para saber cómo construir sobre él. Diseñar una cimentación sin conocer adecuadamente el suelo es como escoger “los zapatos sin saber sobre qué terreno vamos a caminar”. Por eso soy promotor de considerar siempre el análisis geotécnico, no como un documento o un requisito más dentro de un proyecto o licencia de construcción, sino como el punto de partida para entender aquello sobre lo cual finalmente vamos a apoyar nuestra construcción.


La intervención de profesionales como el ingeniero geotecnista, el ingeniero estructural y el arquitecto no debería verse simplemente como “un gasto” o una formalidad para tramitar una licencia de construcción, sino como una inversión responsable para proteger un patrimonio que, muchas veces, representa los ahorros de toda una vida. Me gusta compararlo con el seguro de nuestro carro, no pagamos una póliza esperando tener un accidente, sino porque sabemos que existen riesgos que no podemos controlar y queremos estar preparados. Con una construcción pasa algo parecido, puede permanecer décadas sin enfrentar un terremoto importante, pero eso no significa que invertir en un estudio de suelos, un buen diseño estructural y un adecuado control de obra haya sido innecesario. Que nunca hayamos necesitado poner a prueba esa inversión no significa que haya sido inútil; significa, afortunadamente, que el evento para el cual nos preparamos todavía no ha ocurrido.
Por eso, cuando alguien decide construir, debería recordar que muchas de las decisiones más importantes serán justamente las que después no podrá ver, la cimentación quedará bajo tierra, el acero dentro del concreto y numerosos detalles detrás de los acabados. La seguridad de una edificación es una cadena: estudiar el terreno, diseñar correctamente, construir respetando ese diseño y controlar que realmente se haga así. Ojalá una estructura nunca tenga que demostrar hasta dónde puede resistir; pero si algún día llega ese terremoto que esperamos que nunca.
Redactado por:
Marlon David Díaz Rodríguez
Ingeniero Civil — Especialista en Diseño Estructural y Patología de la Construcción, con experiencia en diseño, evaluación y revisión técnica de proyectos de construcción.

