Treinta años separan dos de los terremotos más importantes registrados en el piedemonte llanero colombiano. El primero ocurrió el 19 de enero de 1995, tuvo una magnitud de 6,5, dejó seis personas fallecidas, más de 30 heridas, cerca de 1.500 damnificados, más de 1.000 réplicas y afectó gravemente municipios de Casanare y Boyacá, entre ellos Tauramena, Monterrey y Sabanalarga. Tres décadas después, el 8 de junio de 2025, otro sismo de magnitud 6,4, con epicentro entre Medina y Paratebueno, impactó a 1.590 familias y causó importantes daños en los centros poblados de Santa Cecilia, El Japón y Santa Teresita. Aunque ocurrieron con tres décadas de diferencia, ambos terremotos se registraron sobre el mismo corredor geológico asociado a la Falla de Guaicaramo, una estructura tectónica que bordea el piedemonte donde se ubican municipios como Villanueva, Monterrey, Barranca de Upía, Yopal, Aguazul y Tauramena.
La Falla de Guaicaramo es una de las estructuras tectónicas activas más importantes de Colombia. Se trata de una extensa fractura natural de la corteza terrestre ubicada sobre el borde oriental de la Cordillera Oriental, donde durante millones de años han interactuado enormes bloques de roca debido al movimiento permanente de las placas tectónicas. Cuando la energía acumulada supera la resistencia de estas rocas, se libera en forma de sismos, como los registrados históricamente en esta región del país.


Sin embargo, convivir con una falla geológica activa no significa que un terremoto de gran magnitud vaya a ocurrir de manera inminente. Los especialistas del Servicio Geológico Colombiano coinciden en que actualmente no existe un método científico que permita predecir cuándo ocurrirá un sismo. Lo que sí puede hacerse es identificar las zonas de mayor amenaza sísmica, conocer el comportamiento de estas estructuras geológicas y fortalecer las medidas de prevención, la calidad de las construcciones y la capacidad de respuesta de las comunidades.
Precisamente esa fue una de las principales lecciones que dejó el terremoto de Santa Cecilia en 2025. Un año después del evento, el Servicio Geológico Colombiano entregó estudios técnicos que delimitan las zonas aptas y las áreas con restricciones para la reconstrucción de los centros poblados más afectados. Además, evaluó fenómenos como la licuación de suelos, los movimientos en masa y los agrietamientos del terreno, con el propósito de que las decisiones sobre ordenamiento territorial reduzcan el riesgo frente a futuros eventos sísmicos.

Treinta años después del terremoto de Tauramena y apenas un año después del ocurrido entre Medina y Paratebueno, la Falla de Guaicaramo continúa siendo objeto de permanente seguimiento científico. Más que una señal de alarma, representa un recordatorio de que el piedemonte llanero es una región con amenaza sísmica conocida, donde la preparación, el cumplimiento de las normas de construcción y la planificación territorial siguen siendo las principales herramientas para disminuir el impacto de futuros terremotos.

