El río Upía volvía a crecer y, como ocurre con frecuencia durante las temporadas de lluvias, en la vereda El Horquetón aparecían las primeras afectaciones sobre cultivos ubicados cerca de la ribera. Ese mismo día recorrí la zona para verificar la situación. Entre los terrenos productivos todavía se observaban las huellas del agua y la preocupación de quienes dependen de la tierra para sostener sus proyectos y sus familias. Al regresar a Villanueva me quedó una inquietud.
Cada vez que ocurre una emergencia similar hablamos de hectáreas afectadas, pérdidas económicas y daños en los cultivos. Lo que rara vez conocemos es lo que representan esos números para quienes viven del campo. ¿Qué hay detrás de cada hectárea reportada como afectada? ¿Qué ocurre cuando una creciente amenaza meses de trabajo, una inversión pendiente de recuperar o un crédito que sigue generando intereses?

Al día siguiente regresé a El Horquetón buscando una respuesta. La encontré en la historia de Juan Carlos y Esteban.
Dos amigos de toda la vida. Uno hincha de Millonarios, el otro de Nacional. Dos personas que hace poco más de un año difícilmente se imaginaban recorriendo un cultivo para revisar sistemas de riego, calcular cosechas o vigilar el comportamiento del agua. Hoy tienen tres hectáreas sembradas con plátano, cerca de seis mil colinos establecidos y una deuda bancaria que todavía están intentando convertir en una inversión rentable.
Venga, le mostramos —dijeron. Y comenzamos a caminar. Mientras recorríamos los surcos, la historia fue apareciendo poco a poco.
El primer obstáculo apareció de inmediato. No tenían el dinero. La única alternativa fue acudir al crédito. Cada uno gestionó recursos y entre ambos reunieron el capital necesario para empezar, con el tiempo descubrirían que ese dinero apenas alcanzaba para dar los primeros pasos.

Mientras avanzábamos por el cultivo señalaban distintos puntos del terreno y cada uno parecía guardar una parte de la historia. Allí llegaron los primeros colinos, más adelante instalaron parte del sistema de riego. En otro sector comenzaron las labores de preparación del suelo. Todo lo fueron aprendiendo sobre la marcha.
Buscaron cerca de seis mil colinos en la vereda Las Moras, en Barranca de Upía. Compraron equipos, instalaron mangueras, construyeron su sistema de riego y dedicaron jornadas enteras a labores que hasta entonces les eran desconocidas. Sembrar era apenas el comienzo. Después vino aprender a cultivar. Aprender a fumigar. Aprender a fertilizar. Aprender a identificar problemas. Aprender a tomar decisiones que antes no formaban parte de su vida cotidiana.
En ese proceso encontraron personas que les compartieron conocimientos y experiencia. Trabajadores y cultivadores que les ayudaron a entender mejor un oficio que exige observación permanente y capacidad para reaccionar ante cualquier cambio. Porque en el campo los cambios llegan rápido. A veces llegan con el viento.

Mientras caminábamos, Juan Carlos y Esteban señalaron una zona donde meses atrás una temporada de fuertes ráfagas derribó una parte importante de la plantación. La pérdida fue considerable. De los seis mil colinos sembrados, cerca de mil terminaron en el suelo. Las cuentas cambiaron desde ese momento. Las expectativas también. Pero la deuda siguió siendo la misma.
Durante la creciente más reciente observaron cómo el nivel del agua aumentaba progresivamente. El Caño Grande comenzó a llenarse por efecto del crecimiento del Upía y durante varias horas estuvieron pendientes de lo que podía ocurrir. El agua no alcanzó a ingresar al cultivo. Pero estuvo cerca. Lo suficiente para recordarles que buena parte de la inversión que han realizado depende también de factores que no pueden controlar.
Esa incertidumbre parecía acompañar muchas de las conversaciones que surgían durante el recorrido. No solamente por lo que ya ocurrió. También por lo que todavía puede ocurrir. Hasta ahora han logrado cosechar cerca del treinta por ciento de la producción. El resto permanece en el cultivo mientras las lluvias continúan presentes en la región.

Lo que está sembrado representa meses de trabajo, recursos invertidos y la expectativa de recuperar una inversión que todavía no ha terminado de producir resultados. La cosecha avanzaba mientras hablábamos. La jornada había comenzado desde temprano. Algunos trabajadores cortaban racimos. Otros los transportaban. Varios más seleccionaban y empacaban el producto de acuerdo con las exigencias del comprador.
Entre ellos también estaban Juan Carlos y Esteban. No como observadores, como parte del equipo. Durante el almuerzo compartimos mesa con las personas que han trabajado junto a ellos durante los últimos meses. Algunos llegaron aportando experiencia, otros encontraron allí una oportunidad laboral. Todos participaban de una misma meta.

Ese día debían completar 130 bolsas de plátano con destino a Bogotá. La producción era importante, pero también lo era la venta, porque cultivar no garantiza recuperar la inversión. Después hay que comercializar, buscar compradores, negociar precios, asumir costos de transporte, encontrar mercados.
Mientras Juan Carlos permanecía atento a distintos aspectos del cultivo, Esteban se ocupaba de llamadas, coordinaciones y detalles relacionados con la salida del producto. Sus funciones parecían diferentes. La preocupación era la misma.

Cuando abandoné el lugar entendí que la historia de Juan Carlos y Esteban no es excepcional por lo que han logrado ni por las dificultades que han enfrentado. Es representativa precisamente porque esas dificultades son compartidas por muchos otros productores.
Cada vez que el río crece, cada vez que una creciente amenaza un cultivo o una temporada de lluvias altera los planes de una cosecha, detrás de las cifras existen personas haciendo cuentas, revisando pronósticos, evaluando riesgos y esperando que el trabajo de meses no termine bajo el agua.
Juan Carlos y Esteban volverán al cultivo, como lo han hecho durante el último año. El crédito seguirá vigente. Las lluvias también. Y mientras el invierno continúe, una parte de su futuro seguirá creciendo junto al río.

