Cuando John Jairo Huertas y Fernando Sanabria llegaron a Cali junto a Mamba y Katira, todavía no habían ingresado a una sola estructura colapsada, pero ya había personas que depositaban esperanza en ellos. Durante el recorrido desde el aeropuerto encontraron aplausos, agradecimientos y familias que se acercaban a los caninos. Para los dos bomberos de Villanueva, aquel recibimiento terminó de hacer evidente la responsabilidad con la que llegaban a una ciudad donde muchas personas seguían esperando noticias de quienes permanecían desaparecidos.
Ya situados en Cali una de sus primeras activaciones estuvo dirigida hacia el edificio Cantabria, donde existía información sobre personas desaparecidas, animales atrapados y lugar donde se encontrarían con una de las historias más impactantes para el equipo USAR. Allí comenzó una operación que durante los siguientes días combinaría búsqueda canina, equipos tecnológicos, perforación, remoción de escombros y construcción de accesos entre las estructuras colapsadas.

Después de varios días de búsqueda, los equipos concentraron sus esfuerzos en un punto donde cada avance parecía acercarlos a una respuesta. Habían perforado losas, construido accesos y retirado escombros durante horas mientras intentaban establecer dónde podía encontrarse María, una de las personas que permanecía desaparecida. Hacia la medianoche, después de abrirse camino entre la estructura, encontraron el primer indicio que les permitió saber que finalmente habían llegado hasta ella.
Llegar hasta ese punto, sin embargo, había sido un proceso lento y complejo. Cada metro que conseguían avanzar entre las losas exigía perforar, retirar material y evaluar nuevamente la estabilidad de una estructura que podía cambiar en cualquier momento. Incluso antes de verla, los bomberos comenzaban a comprender cuál sería el desenlace. A medida que avanzaban entre las losas, el olor se hacía más intenso y permanecer dentro de aquellos espacios resultaba cada vez más difícil. La estructura seguía inestable, uno de los accesos terminó colapsando y tuvieron que buscar otras formas de perforar y retirar material. Algunos rescatistas salían mareados, otros con náuseas y hubo momentos en los que las condiciones no les permitían remover los escombros con la misma intensidad. Tras remover los primeros escombros apareció una mano entre el material y un detalle quedó grabado en quienes estaban allí, sus uñas todavía conservaban el esmalte rojo. Después lograron observar parte de su cabeza cubierta por gravilla y escombros. María había sido encontrada, pero ya no había posibilidad de rescatarla con vida.

A pocos metros permanecía su hija, quien, según el relato de los bomberos, había pasado buena parte de aquellos días esperando información. Desde el equipo procuraron mantenerla enterada con claridad sobre los avances de la búsqueda. Encontrar a María no cambió el desenlace de la tragedia, pero terminó con varios días de incertidumbre para una familia que esperaba saber dónde estaba. Para los rescatistas, entregar esa respuesta también hacía parte de la misión que habían asumido.
La búsqueda no terminó en este hallazgo. Poco después, un canino de la Fiscalía especializado en localización de cuerpos ingresó al lugar y realizó una marcación aproximadamente a un metro del punto donde ella había sido encontrada. Los equipos volvieron a remover los escombros y allí localizaron a una segunda mujer. Para los rescatistas, la cercanía entre ambas coincidía con información que habían recopilado durante la operación, se presumía que las dos eran muy amigas y que podrían haber estado juntas cuando ocurrió el colapso. Después de días buscándolas bajo una estructura que obligó a perforar, construir accesos y remover toneladas de material, ambas terminaron siendo encontradas prácticamente en el mismo lugar. Con su recuperación concluyó una de las operaciones que marcó los siete días de trabajo de los bomberos en Cali y, para dos familias, terminó también la incertidumbre de no saber dónde estaban sus seres queridos.
Las condiciones eran exigentes. Los bomberos describen jornadas de 12 y 16 horas y momentos en los que algunos integrantes acumularon cerca de 24 horas de actividad. Construyeron túneles de varios metros, estabilizaron estructuras y trabajaron entre losas superpuestas mientras las réplicas obligaban, en algunos momentos, a abandonar inmediatamente las zonas de operación. El agotamiento llegó a tal punto que algunos rescatistas comenzaban a quedarse dormidos cuando se detenían por unos minutos. Aun así, los relevos continuaban y con ellos la búsqueda.

