Redactado por: Aldair Cuartas – Periodista
«Uno llegaba ahí y le tocaba ponerse a gritar», recuerda David Pérez sobre los tiempos en que no existía el puente sobre el río Upía. Quienes necesitaban ir a Barranca de Upía para comprar alimentos, ropa o petróleo debían esperar a que un canoero escuchara su llamado desde la otra orilla. Hoy, 16 de octubre, cuando Barranca de Upía conmemora 35 años de vida administrativa, los recuerdos de don David permiten reconstruir cómo era cruzar el río, hacer mercado y trasladar los grandes lotes de ganado que recorrían esta parte del Llano.
David comenzó a hacer esos recorridos cuando tenía alrededor de diez años. En las fincas donde vivía su familia necesitaban abastecerse y Barranca de Upía era uno de los lugares a los que acudían, aunque llegar implicaba atravesar caminos abiertos entre el monte. En otras épocas debía recurrir a los canoeros, hombres que tenían sus propias embarcaciones y se encargaban de transportar a quienes necesitaban pasar. «Uno llegaba ahí y le tocaba ponerse a gritar», cuenta al explicar cómo los llamaban. Generalmente prestaban el servicio desde temprano, incluso hacia las cinco de la mañana, pero después de las cinco y media de la tarde era difícil conseguir quién los llevara. Por eso procuraban regresar antes de que oscureciera. Una vez en Barranca, David iba con su lista de compras a tiendas como las de Jerónimo Rodríguez, Carlos Bacca y Campo Elías Rubiano. Recuerda especialmente la de Jerónimo, donde la ropa, los botones y otros artículos se guardaban en cajas y tarros metálicos, mientras el arroz y los granos se pesaban en una balanza de platillos. También se compraba petróleo para las lámparas que alumbraban las viviendas rurales, algunas elaboradas con botellas, tubos metálicos y mechas de tela.


Pero aquel paso no estaba destinado únicamente a las personas que iban de compras o visitaban a sus conocidos. Por el mismo lugar atravesaban grandes ganaderías procedentes de las sabanas del Llano. David conoció esa actividad de cerca porque acompañó a su padre en el traslado de reses y después trabajó para otros ganaderos que lo contrataban por su conocimiento de los caminos. Según recuerda, al llegar al Upía el caporal buscaba a los canoeros y organizaba el cruce. El ganado se separaba en lotes de 50, 70 u 80 animales que entraban al agua y avanzaban nadando. Los hombres de las canoas se ubicaban río abajo y formaban una especie de cerca móvil para impedir que las reses regresaran a la orilla de partida. Algunos vaqueros también cruzaban nadando detrás de los animales. Si una ganadería llevaba mil cabezas, podían necesitarse quince pasos o más, una labor que en ocasiones ocupaba todo el día y continuaba a la mañana siguiente.
David calcula que conducir ganado desde Trinidad hasta Cumaral podía tomar entre 20 y 22 días. Los vaqueros salían hacia las tres o cuatro de la mañana y buscaban lugares donde las reses pudieran alimentarse y descansar antes de continuar. Los caminos eran estrechos, con tramos de barro que dificultaban el avance y obligaban a entrar al monte para recuperar animales que se apartaban de la ruta. En esas jornadas también estaba el chocotero, encargado de transportar las pertenencias de los trabajadores, preparar las bebidas y conseguir los alimentos para la noche. David recuerda que durante el día tomaban tinto y avena, mientras la comida principal llegaba al finalizar la jornada, generalmente un sancocho preparado con lo que podían comprar en las posadas. Para las familias que vivían junto al camino, como la suya, el paso de las ganaderías representaba la oportunidad de vender plátano, yuca, gallinas y otros productos.


Don David cuenta que en Barranca se cobraba un peaje de aproximadamente tres centavos por cabeza de ganado, dinero que, según le explicó en su momento Rafael Durán, se destinaba a contratar personas para limpiar la vegetación antes de las temporadas de mayor tránsito. Con el tiempo comenzaron a exigir las guías de movilización para comprobar cuántas reses llevaba cada ganadería. David recuerda dos temporadas principales: una entre abril y junio, durante la cual estima que llegaron a pasar entre 25.000 y 30.000 animales, y otra entre diciembre y los primeros meses del año, con cantidades menores. No todas la reces completaban el recorrido en las mismas condiciones. Algunas se lastimaban las patas al encontrar caminos pedregosos y eran separados en un grupo llamado la culata, que avanzaba con mayor cuidado. Cuando un animal no podía continuar, los ganaderos acordaban dejarlo en potreros cercanos, donde las familias cobraban por alimentarlo y atenderlo hasta que pudiera ser recogido en otro viaje.
Aquellos recorridos forman parte de los recuerdos de David sobre una región que también atravesó años de violencia política. Cuenta que su familia tuvo que abandonar las fincas que poseía en el sector de El Caudal y refugiarse primero en Villavicencio y después en Bogotá. Regresaron a finales de 1953 y encontraron las viviendas destruidas, los cercados caídos y el ganado perdido. Con el retorno comenzaron nuevamente las labores del campo, en una época en la que, según su testimonio, se reactivó el movimiento de grandes ganaderías que llevaban años sin salir de las sabanas. Fue en ese entorno donde David aprendió a conocer los caminos, a conducir animales y a participar en los cruces del Upía, experiencias que hoy le permiten describir cómo funcionaba aquel paso antes de la construcción del puente.


Aunque recuerda las largas jornadas ganaderas y las dificultades del camino, cuando le preguntan qué conserva de aquellos tiempos, David vuelve a sus viajes de infancia. Durante el verano, cuando el nivel del río lo permitía, podía cruzar montado a caballo para llegar a Barranca de Upía. Habla de la satisfacción que sentía al llegar al pueblo, entregar la lista de compras y recorrer las tiendas para llevar el mercado a su casa. Recuerda a Jerónimo Rodríguez buscando entre cajas los artículos que le pedían y a los canoeros que respondían a los llamados desde la otra orilla. Hoy, cerca del puente, un monumento recuerda el antiguo paso ganadero. Para don David, ese lugar también está asociado con algo más cotidiano: el camino que debía recorrer para comprar lo necesario y regresar a casa antes de que cayera la noche.

