El 9 de enero de 2026, Juan Sebastián Castaño Cabeza, un joven de 20 años que residía en Barranca de Upía (Meta), llamó a su padre desde el aeropuerto. Le contó que viajaría a Turquía para trabajar como auxiliar de cocina y que ese sería el primer paso hacia un futuro que, según él, Colombia no había podido ofrecerle. Días después, cuando ya estaba en territorio ruso, la verdad salió a la luz, había firmado un contrato para incorporarse al Ejército de Rusia. Desde el 9 de febrero, cuando habló por última vez con su familia antes de partir a una misión, no se volvió a saber de él.

Su padre, John Castaño Cabarga, recuerda que nunca imaginó ese desenlace. Juan Sebastián había prestado servicio en la Armada, trabajó como vigilante en Barranca de Upía y luego en Bogotá. Era independiente y, según su familia, siempre buscó salir adelante. “No vi la necesidad de que mi hijo tomara ese camino. No había necesidad de irse para una guerra”, recuerda hoy, mientras intenta reconstruir los últimos movimientos de su hijo.

Foto – John Castaño Cabarga

Durante varias semanas la comunicación fue constante. Juan Sebastián enviaba fotografías desde Francia, Turquía y posteriormente desde Rusia. Les hablaba de entrenamientos, de las condiciones del lugar y de un contrato que, según les contó, le prometía un pago inicial y un salario mensual. Sin embargo, antes de perder contacto les advirtió que sería enviado a una misión y que podría permanecer varios meses sin posibilidad de comunicarse. Esa fue la última vez que hablaron.

La incertidumbre comenzó a crecer con el paso de las semanas. La familia acudió a la Fiscalía para denunciar su desaparición y emprendió gestiones ante la Cancillería y la Embajada de Colombia. Según relata su padre, hasta ahora no han obtenido respuestas concretas. “No hemos sentido respaldo del Gobierno. No hemos sentido esa ayuda”, afirma.

Pero la historia de Juan Sebastián parece no ser un caso aislado. Durante la entrevista, John asegura que mantiene contacto con un grupo integrado por cientos de familias colombianas que afirman atravesar situaciones similares: jóvenes que viajaron a Rusia con la expectativa de mejorar sus ingresos y de quienes hoy se desconoce su paradero o llevan meses sin establecer comunicación. Algunas familias incluso preparan acciones colectivas para pedir mayor atención de las autoridades colombianas.

En medio de este panorama, el pasado 8 de julio la Embajada de la Federación de Rusia en Colombia publicó un comunicado en el que aseguró que no tiene ninguna relación con organizaciones o personas que, mediante falsas promesas, involucren a ciudadanos colombianos en la guerra. Además, reiteró que ha recomendado al Gobierno colombiano frenar la participación de nacionales en conflictos armados en el exterior y pidió a los ciudadanos abstenerse de involucrarse en guerras ajenas.

Juan Sebastián Castaño Cabeza

Ese pronunciamiento, sin embargo, deja abiertas varias preguntas. Si la Embajada afirma que no participa en estos procesos y las familias aseguran que no encuentran respuestas en las entidades colombianas, ¿quién está reclutando a estos jóvenes?, ¿cómo están llegando hasta el frente de guerra?, ¿qué controles existen por parte del país para evitar que más colombianos terminen involucrados en un conflicto que les es completamente ajeno?

La guerra entre Rusia y Ucrania comenzó siendo un enfrentamiento entre dos países. Hoy, sin embargo, también aparecen nombres de extranjeros quienes viajan atraídos por promesas económicas, contratos militares o expectativas de una vida mejor. Mientras las investigaciones avanzan y las respuestas oficiales siguen siendo escasas, decenas de familias continúan esperando una llamada, un mensaje o cualquier información que les permita saber si sus hijos siguen con vida.

Antes de terminar la conversación, John Castaño envía un mensaje dirigido a quienes hoy contemplan seguir el mismo camino que tomó su hijo: “La guerra entre Rusia y Ucrania no es nuestra guerra. En Colombia hay muchas oportunidades. Piensen en sus padres antes de tomar una decisión así.”

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