La tragedia que dejó el terremoto en Venezuela ha estado marcada por las cifras, las imágenes de destrucción y las historias de familias que lo perdieron todo. Pero en medio de ese panorama también aparecen relatos que hablan de quienes llegaron para ayudar. Uno de ellos comienza muchos años antes del desastre, cuando un niño de nueve años cruzó por primera vez la puerta de una estación de bomberos sin imaginar que, décadas después, terminaría representando a Colombia en una de las misiones internacionales de rescate más importantes de los últimos años.
Cuando Ricardo Rincón tenía nueve años, un tío lo llevó por primera vez a una estación de bomberos en Sogamoso. Allí empezó como aspirante, rodeado de una familia donde ser bombero hacía parte de la vida cotidiana. Con los años llegaron los cursos, el paso por el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Aguazul, el trabajo como respondedor de emergencias en la industria de hidrocarburos y, desde 2016, el ingreso al Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Yopal. Nunca imaginó que ese camino terminaría llevándolo a representar a Colombia en una misión internacional de búsqueda y rescate tras el terremoto que golpeó a Venezuela.

Para Ricardo, integrar el equipo USARCOL significó mucho más que participar en una emergencia. Lo define como uno de los momentos más importantes de su carrera profesional porque representó al país en una operación internacional junto a rescatistas de distintas instituciones. Agradece que la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Yopal y la empresa donde trabaja le hayan dado la oportunidad de hacer parte de una misión que, asegura, exigía responder con rapidez, capacidad técnica y calidad humana.
Aunque muchas personas imaginan que un equipo de búsqueda y rescate únicamente remueve escombros, Ricardo explica que detrás de cada operación existe una estructura mucho más compleja. Ingenieros estructurales, médicos, psicólogos, guías caninos, tecnología de detección, radares y sensores hacen parte del despliegue que permite localizar personas con vida antes de iniciar cualquier intervención. Colombia, recuerda, fue el primer país en llegar al área de operaciones y montó una base completamente autónoma para comenzar los trabajos de búsqueda.

La misión también reunió a equipos especializados de Estados Unidos, España, Ecuador, Chile, Costa Rica y México. Todos trabajaron bajo protocolos internacionales de búsqueda y rescate urbano, compartiendo información, recursos y personal con un mismo objetivo: salvar vidas. Para Ricardo, esa coordinación confirmó que, cuando ocurre una tragedia de esta magnitud, la nacionalidad pasa a un segundo plano y el trabajo conjunto se convierte en la principal herramienta para atender la emergencia.
El rescatista destaca que quienes integran USARCOL son seleccionados después de años de entrenamiento y preparación. Además del conocimiento técnico, deben estar en capacidad de movilizarse con autonomía durante varios días, operar en condiciones extremas y responder con equipos especializados. “Todos los que pertenecemos a estos grupos tenemos capacidades humanas, físicas y de conocimiento para atender este tipo de emergencias”, nos dijo.

Durante la conversación hay un momento en el que su respuesta cambia de tono. Ocurre cuando recuerda el rescate de Moisés, un niño que permanecía atrapado bajo enormes placas de concreto. Fueron más de 16 horas continuas de trabajo hasta lograr extraerlo con vida. Tiempo después, antes del regreso a Colombia, el menor buscó al equipo para agradecerles personalmente. Ricardo dice que ese instante le recordó por qué un día decidió convertirse en bombero.
Al regresar al país, el primer pensamiento no estuvo en la misión ni en los días de trabajo continuo. Pensó en abrazar a su hija y a su familia. Después, en las familias venezolanas que perdieron seres queridos, sus viviendas y buena parte de su historia. Confía en que la unión que encontró entre la comunidad permitirá reconstruir lo que dejó la tragedia.
Antes de terminar la entrevista, deja un mensaje para quienes hoy sueñan con ingresar a un organismo de socorro. Dice que vale la pena hacerlo porque es una vocación de servicio y porque, más allá de la preparación técnica, siempre existe un propósito que da sentido a todo el entrenamiento: salvar vidas.

