Del otro lado, las personas se enfilan con documentos en la mano, una tarjeta o un cheque. De este lado, Carmen Elena Páez Maradiago cuenta los días, pero sin afán. Faltan siete para dejar el puesto que ha ocupado durante 37 años. Lo dice sin prisa, como si aún estuviera organizando una jornada más en el banco, pero le invaden los sentimientos, tanto de felicidad como de tristeza.

Llegó a Villanueva en 1987, desde el Valle del Cauca, con bachillerato y la intención de encontrar trabajo. Un año después se casó con Miguel Figueredo Daza y, en 1989, con su hijo recién nacido, apareció una oportunidad en la Caja Agraria. No fue un cargo administrativo. Empezó haciendo aseo. Madrugaba a las cinco de la mañana para abrir la oficina y preparar el lugar antes de que llegaran los demás. “Así inicié yo”, recuerda.

Carmen Elena Páez en su labor

Ese primer paso estuvo mediado por una persona clave. Doña Berta Peña, (Q.E.P.D) fue quien la contactó y la acercó a esa oportunidad inicial. A ese gesto, y al apoyo de su familia, Carmen lo reconoce como parte del inicio de su camino en el banco. Mientras cumplía sus tareas, observaba cómo funcionaban los procesos. Cuando terminaba, se ofrecía para ayudar. Aprendió a numerar chequeras, a organizar archivos y a acompañar cierres de mes que se extendían hasta la madrugada. Con el tiempo, las oportunidades llegaron, pasó por archivo, cartera y finalmente la caja, donde permaneció la mayor parte de su vida laboral.

El tránsito de Caja Agraria a Banco Agrario no interrumpió su proceso. Hubo contratos, cambios de sede y decisiones que implicaron dejar otros trabajos para regresar. En uno de esos momentos, un directivo la buscó personalmente para que volviera. Conocía el archivo y conocía a los clientes.

Carmen Elena Páez con sus compañeros

En paralelo, su vida familiar avanzó. Su hijo, Miguel Alfredo Figueredo Páez, se convirtió en ingeniero civil y su hija, Julieth Vanessa Figueredo Páez, llegó cinco años después. Hoy comparte con ella el hogar. Tiene dos nietas, Salomé Fernández Figueredo y Paulina Figueredo Stepien. Reconoce que el trabajo ocupó gran parte de su tiempo. “Sentí que mis hijos crecieron y yo no me di cuenta”, dice, como una constatación dentro de los años dedicados al banco.

En la oficina, su nombre empezó a ser reconocido entre clientes y compañeros. Recuerda votaciones en el Día de la secretaria en las que resultaba elegida, aunque no ejerciera ese rol totalmente. Los clientes la identificaban por su trato. Algunos de los que hoy están pensionados fueron usuarios frecuentes de su ventanilla y en estos días han vuelto para despedirse.

Al mirar hacia atrás, no enumera cargos ni ascensos. Habla de permanencia, de responsabilidad y de las personas que la acompañaron en el proceso. Reconoce que no tuvo formación técnica, pero que aprendió con el apoyo de sus compañeros, especialmente en los cambios tecnológicos que llegaron con el tiempo.

Carmen Elena Páez en su hogar

El 1 de mayo no irá al banco. Sus compañeros la recogerán temprano, sin decirle el destino. Después ha pensado en viajar a Buga, al Señor de los Milagros, para agradecer a Dios. En estos días previos a su retiro, Carmen también insiste en una idea que atraviesa su relato, la gratitud. Menciona a sus jefes, compañeros de trabajo, clientes, usuarios, vecinos y a las personas que ya no están, a quienes recuerda con respeto. A todos les atribuye parte de los 37 años que permaneció en el banco, por la confianza y el trato recibido en ese tiempo.

Cuando habla de quienes empiezan, no menciona metas laborales. Se refiere a la constancia, al trato con las personas y a una idea que repite, poner las cosas en manos de Dios.

Dentro de una semana, la ventanilla quedará en manos de alguien más. Carmen Elena Páez Maradiago no volverá a atender turnos ni a contar billetes. Su paso por el banco se cierra con un gesto repetido durante años, recibir, escuchar y despedir. Esta vez, serán otros quienes la vean salir.

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