Tienen nueve años y en dos semanas consiguieron dos resultados importantes, fueron primeros en el Festival Infantil Internacional Herencia, realizado en Maní, y posteriormente alcanzaron el segundo lugar en el Torneo Departamental Infantil del Joropo, desarrollado de manera paralela al Torneo Internacional del Joropo en Villavicencio. Pero detrás de los puestos obtenidos por Martín y Dulce hay una historia que comenzó mucho antes de que ambos entendieran lo que significaba participar en una competencia.

Sus padres coinciden al recordar ese comienzo, bailan prácticamente desde que aprendieron a caminar. Martín creció viendo bailar a sus padres, John Ostos y Julieth Jiménez, quienes además han sido sus formadores. Dulce siguió un camino parecido junto a su padre, Kevin Gualteros, también instructor de joropo. Hoy los tres adultos trabajan conjuntamente en la preparación de la pareja, que lleva aproximadamente un año bailando y compitiendo junta.

Hablar con sus padres permite entender que los resultados son apenas una parte de lo que celebran. En sus relatos aparece constantemente el orgullo de descubrir que sus hijos encontraron gusto por aquello que ellos mismos aman. Julieth describe a Martín como un niño al que se le nota que baila “con amor, con pasión”, mientras Kevin reconoce que acompañar a Dulce resulta especial porque puede compartir con ella algo que apasiona a ambos.

La preparación, sin embargo, también exige disciplina. Los ensayos suelen realizarse en las noches, después de que Martín termina sus actividades de fútbol y Dulce sus prácticas, entre ellas las de bandola. Cuando llega el momento de entrenar, sus padres intentan dejar a un lado ese papel para convertirse en profesores y exigirles como a los demás alumnos, una separación que reconocen no siempre resulta sencilla.

Y cuando finalmente llegan a una pista, ocurre algo que incluso sorprende a los adultos. Kevin cuenta que ambos suelen mostrarse tranquilos y seguros antes de competir. “Siento que nos ponemos más nerviosos nosotros los adultos que ellos”, relata. Esa confianza, sumada a la naturalidad con la que interpretan el joropo, es precisamente una de las características que sus familias ven en ellos.

Para sus padres, el objetivo tampoco es convertir cada presentación en una obligación por ganar. Buscan que el joropo les permita ocupar su tiempo en algo que disfrutan, fortalecer la disciplina y mantener una relación cercana con la cultura llanera. Mientras Martín y Dulce quieran continuar, sus familias aseguran que seguirán acompañándolos y buscando escenarios donde puedan bailar. Por ahora, a sus nueve años, siguen haciendo lo que comenzaron casi al mismo tiempo que aprendieron a caminar, bailar porque les gusta hacerlo.

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